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Cajon de Sastre, Un Idiota de Viaje, viajes

Un idiota de viaje – Los Angeles: Dos noches y un dia

Un idiota de viaje…por César del Campo de Acuña

Los Angeles dos noches y un día

La primera noche en el Ramada Los Angeles/Wilshire Center fue infernal. El calor, a pesar de vivir en el sur, es algo que no llevo bien y cuando se “decidió” apagar el aire acondicionado se creó en el interior un microclima del que no podía escapar por aquello de no tener a donde huir de madrugada. Habitualmente cuando la temperatura no me deja dormir me levanto y me pongo a trabajar pero sin esa posibilidad me vi atrapado en mi cama queen size sudando como ese alumno que no sabe la respuesta y hace todo lo posible para evitar el contacto visual directo con el profesor. Afortunadamente para mí las noches son muy cortas debido a las pocas horas de sueño que suelo necesitar para recargar la batería. Desafortunadamente, a lo largo de mi vida, he podido comprobar como lo que yo veo como una virtud ha sido tomado por las personas que han compartido habitación o lecho (si lecho, hoy me he levantado medieval) conmigo como un defecto. No han sido pocas las veces que me he visto convertido en piedra tortuguera o en improvisado y torpe ninja (por aquello de moverme por las sombra sin hacer ruido). El caso es que una vez abro los ojos (y suele ser entorno a las 05:30 de la mañana) no hay vuelta atrás.

Una vez todos los campistas se pusieron en pie yo estaba listo para revista (es decir aseado y vestido para un día de turisteo inmisericorde). Tras un desayuno frugal a base de bollos de refinería (que es como me gusta llamar a la bollería industrial), zumo y Nesquick adecenté y asegure mis enseres porque mi neurosis dictamina que nunca te fíes de nadie que pueda tener acceso a los mismos sin estar tu delante. Una vez todo listo nos dirigimos al coche rumbo a la zona centro de Los Angeles. Desafortunadamente no se puso bien la dirección y el GPS decidió llevarnos una vez más al aeropuerto. Por fortuna me di cuenta a tiempo y pudimos poner destino al centro gracias a una dirección que si tenía anotada ya que nuestro peculiar GPS no aceptaba nombres de lugares, ni tampoco daba sugerencias cercanas al destino (al menos no de la manera habitual). Toda esta problemática nos ayudó a experimentar algo tan angelino como el cartel de Hollywood: Los atascos. Pero no atascos de chichinabo, sino atascos de cinco carriles con coches saliendo hasta de las alcantarillas.

Autopista hacia el cielo.

Autopista hacia el cielo.

Una vez logramos salir del descomunal embotellamiento aparcamos en el centro con relativa facilidad/comodidad en un parking al aire libre que nos costó 9$ (bueno 9$ por todo el día pero solo hicimos uso del mismo durante un par de horas). ¿Y qué tal el centro de Los Angeles? Pues desangelado, vacío (vale, vale era agosto, pero es el centro financiero de una de las urbes más importantes del planeta y no se movía ni una hoja) y poco activo. El punto de partida de la ruta por el downtown fue Pershing Square. ¿Y qué me llamo la atención de ese lugar? Pues la ingente cantidad de mendigos que allí vivían y lo maltrechos que estaban (hasta el punto de ver a uno que no se dio cuenta de cómo una señora ardilla que bajo de un árbol se le sentaba encima). Verán, no es que me escandalice, pero el contraste de estar a los pies de rascacielos como el Two California Plaza y ver gente vestida con puros harapos deambulando como zombies al estilo El príncipe de las tinieblas de John Carpenter por sus inmediaciones resulta impactante. De lo más alto a lo más bajo.

Como desde la perspectiva del turista no puedes hacer nada por ellos (y me juego el dinero que no tengo a que si les das algo de comer probablemente te lo tiren a la cabeza debido a la demencia producida por el alcoholismo o la drogadicción que muchos parecían sufrir) continuas con el viaje. Y continuas el viaje por una zona centro fantasma a la que solo le faltaban las plantas rodantes por las aceras (el tráfico rodado, aunque no tan denso como en la autopista, parecía superar al número de gasta suelas) para amenizar el ambiente. ¿Y que vimos allí? Pues el Walt Disney Concert Hall, The Music Center, Dorothy Chandler Pavilion y finalmente la Catedral de Nuestra Señora de Los Angeles ¿y saben qué? Que si alguna vez están por Los Angeles se lo pueden ahorrar. Resultan interesantes pero no son edificios de los que hacen girar o levantar cabezas (bueno…el Walt Disney Concert Hall sí). Si me gustó mucho atravesar el escalonado Grand Park hasta llegar al Ayuntamiento de la ciudad de Los Angeles (que han visto en un millón de películas).

Welcome to Los Santos.

Welcome to Los Santos.

Pero oiga, que rollo de turisteo es este pueden estar diciendo y con razón). Aquí venimos al turrón y no a monsergas de La vuelta al Mundo. Vale, vale, vale…entendido. Dejemos a un lado los rollos turísticos y centrémonos en las peculiaridades. Me llamo la atención la cantidad de anuncios de abogados caza ambulancias al más puro estilo Saul Goodman que pude ver. Particularmente el que decoraba uno de los bancos situados frente al ayuntamiento. En el anuncio un abogado, vestido de boxeador, decía que pelearía hasta el último round por tu caso (fundamentalmente por demandas) y que no cobraría si no ganaba. Desafortunadamente no le pudimos hacer una foto a ese anuncio en concreto ya que un tipo con dos cigarrillos encendidos se sentó sobre él. Rumbo al coche nos topamos con otro de esos sin techos hechos polvo de los que les hablaba antes ¿pero que tenia de especial este? Bueno, pues que le gritaba a los coches, iba con el torso desnudo, los pantalones colganderos (al estilo Mr.Hyde en la película Van Helsing) y en calcetines. Tras ver aquello me entretuve buscando libros en The Last Book Store (una descomunal tienda de libros de segunda mano). Para mi infortunio no encontré ninguno de los ejemplares a los que les tenía echado el ojo de cara a un ambicioso proyecto que tenía (o tengo) en mente.

Volvimos a pasar por un Starbucks (ven como les dije que fue una constante) y presencie la mayor colección de hipsters por metro cuadrado que he visto en mi vida. Desde detrás de la barra ya nos atendió uno y chupando Wifi como vampiros sedientos de sangre había toda una recua sentada en las mesas. Pero entre todos ellos destacaba un tipo de origen mexicano, con bigotón y tatuajes de tías en tetas que se parecía mucho a Smiley, el bigotes que sale al final de la recomendable Training Day. Sea como fuere dejamos esa zona para dirigirnos a El Pueblo, la zona con los edificios más antiguos de la ciudad y déjenme decirles, que más allá del Ayuntamiento fue lo que más me gusto hasta aquel momento de la ciudad de Los Angeles. Aquí si les hablare de olores (que no de sabores) porque la ingente cantidad de tasquitas mexicanas que recorrían la calle despedían un olor que alimentaba. De buena gana me hubiera tomado un taco pero lo cierto es que era muy temprano (poco más de media mañana) para un recién llegado, aunque no para los autóctonos que se estaban poniendo como el tenazas. Tras ver Union Station (espectacular estación de trenes en la que hay un piano dispuesto para que cualquiera con talento y ganas  se ponga a darle a las teclas. Durante nuestra visita un chico estaba tocando el tema principal de Piratas del Caribe) y una colección importante de hinchas de los Dodgers nos fuimos hacia las colinas.

Sin bromas, Union Station fue de lo mejor del primer día en Los Angeles.

Sin bromas, Union Station fue de lo mejor del primer día en Los Angeles.

Las colinas. Las colinas tienen ojos. Y casas. Casas victorias. Victorianas y de madera. De madera y sin vallas. Sin vallas no se hacen buenos vecinos. Sin buenos vecinos no se crea una comunidad sólida. Sin una comunidad solida hay dieces y fumaderos de crack. Pero que porras escribo. Bueno, para que me entiendan, nos dirigimos a Las Colinas para ver la casa de Embrujadas (serie que nunca me ha interesado lo más mínimo, salvo cuando luchadores de la extinta WCW aparecieron interpretando a demonios). Sin importarme gran cosa esa casa en concreto me puse a observar el vecindario y una vez más me di de frente con esos persistentes contrastes. Casas preciosas, cuidadas, con jardincillos de revista junto a otras que parecían las casas abandonadas de The Wire. Aceras cuidadas frente a aceras abandonadas. Contrastes. Por otro lado, para fantasmagórica la casa que estaba situada a la derecha de la casa que estaba justo enfrente de la de Embrujadas. Tenía una suerte de torreón y desde la ventana se podía ver una muñeca o muñeco mirando. Terrorífico (bueno…lo cierto es que no). De allí fuimos al cartel de Hollywood. Sinuosas calles por las colinas (que cualquiera que haya jugado al GTA V conocerá bien) nos llevaron al punto más cercano al famoso cartel. Calor, calor y más calor en el momento que para mí fue el punto álgido del día. Cuando estas allí es una de esas cosas que cuando las ves así de cerca no te crees que estén ahí mismo.

Mucha gente, y de todo tipo de etnias, haciéndose fotos a los pies del cartel (sin olvidarme del mirador desde el que se divisaba toda la ciudad de Los Angeles). De ahí al Observatorio Griffith (otro que han visto en un millón de películas como por ejemplo Rebelde sin causa) y el viaje hasta allí fue movidito. Sin direcciones concretas nos perdimos. Acabamos en la puerta del zoo, le preguntamos a un tipo que cortaba setos, pasamos al lado de un museo de máquinas de tren antiguas y por la puerta del hospital Monte Sinaí.  Afortunadamente, todos los caminos conducen a Roma y llegamos al destino. Nos tocó andar. Subir hasta el aparcamiento del observatorio estaba totalmente descartado, asique aparcamos en la cuneta y fuimos andando en un 2×3 son 6 para un aficionado al senderismo. Impresionantes vistas. Que más se puede decir. A, si, si…que comimos allí. ¿Y qué comí? Un perrito caliente, un platano y un Gatorade Fruit Punch. Anécdota: seguí avanzando en la línea para pedir, pero me gire a preguntarle a la chica que me sirvió el perrito donde estaban los condimentos. Entre que me sirvió el perrito y le pregunte (5 segundos aproximadamente) aprovecho para meterse entre pecho y espalda una palada de macarrones con queso (así estaba la muchacha) y como la pille infraganti le entro un ataque de risa que casi se le salen los macarrones por la nariz a la tiparraca. Entrando en la categoría de personajes en el Observatorio me tope de frente con un tipo que parecía salido de un videoclip de Delinquent Habits (o de la empresa de figurantes de matones mexicanos Suspect Entertainment), a un abuelo motero enfundado de pies a cabeza en las barras y estrellas, a un niño gordinflas con cresta (y pocas ganas de aprender) y a tres amigas de coloridos cabellos de esas que a la mínima de cambio te dicen que el motivo de que tuvieran que arrastrar sus enormes traseros por una empinada cuesta para subir al observatorio es por culpa del heteropatriarcado. Fauna del siglo XXI.

Born in the USA vs. Born to be Wild. Fight!

Born in the USA vs. Born to be Wild. Fight!

De ahí bajamos a ver a las estrellas (y me quede sin ver las Bronson Caves), a ver las estrellas del Paseo de la fama de Hollywood. Un momentazo para mí fue pasar justo delante del Safari Inn Motel (el que sale en la película Amor a quemarropa). Desafortunadamente no me pude parar a hacer una foto. Al rato comenzamos a ver estrellas en el suelo y gente, gente, gente y más gente. No nos costó especialmente aparcar y de ahí a deambular por una zona atestada. Si, al principio es gracioso (oh mira la estrella de Conchita Velasco…corramos a hacerle una foto), pero luego es un CO-ÑA-ZO monumental. Entre esquivar gente, tiendas de souvenirs (sitio que odio profundamente y a los que no te queda más remedio que ir por cumplir para que te claven hasta 8$ por un imán), evitar que gente disfrazada que da más lástima que otra cosa se te cuelgue del brazo para hacerse una foto (aunque las cosas como son, había un tipo disfrazado de Jules Winnfield que daba el pego al 80%…lo único que le fallaba era el pelucón afro) y entrar en sitios para 1,2,3 ya, el Paseo de la Fama me pareció asqueroso. No solo fue eso,  El Teatro Chino, uno de los edificios que quería  ver, tenía la fachada cubierta por un cartel publicitario de Escuadrón Suicida. Añadan que había tanta gente que ver las huellas reales de actores que hay justo a los pies de la entrada del citado teatro era imposible. Vimos lo que había que ver y nada me voló la cabeza. Lo que me pareció sumamente estúpido fue comprobar cómo la gente se hacía fotos con las estrellas del suelo pero no con las huellas reales dejadas por los actores (vamos a ver, que aquí ha puesto las manos y los pinrreles Harrison Ford, el de verdad, que la estrella esa ni la ha tocado cojones).

Por otro lado en el Paseo de la Fama note una cierta inseguridad una vez el sol se empezó a poner. A poco que te alejaras de lo más céntrico (donde había actuaciones callejeras improvisadas como el de un travesti danzarín que como te pegara una piña te embarcaba en la casa de su prima la de Huelva), te empezabas a topar no solo con los sex shops más infectos que he visto, sino con gentuza; pero gentuza de la peligrosa, de la de tatuajes de trena y pistola. Lo mejor en general fue la primera impresión y Waffle Jack un sitio de gofres belgas cojonudos. Lo peor: Invertir más de una hora en buscar la estrella de los Backstreet Boys sin resultado y los animales que se veían por la calle una vez se abrieron las puertas del zoo (cuando comenzó a irse la luz natural para que me entiendan). Paseo de la Fama = MAL, MUY MAL. Luego tardaron la leche de tiempo en devolvernos el coche en el parking, lo cual nos retrasó mucho obligándonos definitivamente a no visitar los pozos de alquitrán de La Brea (que los quería ver por aparecer en El último gran heroe, una película que me encanta a pesar del desastre de doblaje de la voz de Arnie). Se hizo de noche tan deprisa que gracias a nuestro estúpido GPS no dimos con Berverly Hills a pesar de preguntar desde el coche a otros conductores.

AL principio bien. Luego muy MAL.

AL principio bien. Luego muy MAL.

Finalmente se impuso la razón (llevábamos deambulando demasiado con el coche) y se optó por ir directos al Muelle de Santa Mónica. Bastante desangelado debido a la hora debo decir. Había gente sin lugar a dudas (especialmente usuarios de Pokemongo) pero muchos estaban de recogida. Aun así estuvo bien ver el pacifico, el punto y final de la Ruta 66 y el parque de atracciones sobre el muelle. Cenamos en un local llamado Rusty’s Surf Ranch. Nos sentó una esquelética bastante borde (tendría ganas de irse a su casa digo yo) y ya luego en la mesa nos atendió un tipo al que bautice como Bruce (premio para el que pille el motivo). Pedí un Pulled Pork Sandwich que estaba más seco que un bocata de polvorones pero bueno. Y ahí es donde empezó la clavada monumental con las narices de las propinas del 13% al 20%. Lo más caro del mundo es salir a comer/cenar en Estados Unidos a un restaurante que no sea de franquicia. Menudas clavadas estaban por venir amigos.

Tras aquello volvimos al hotel para experimentar otra noche de achicharrante calor (al menos en mi caso). La ciudad de las películas había asomado la patita tímidamente pero la realidad de una urbe demencial, sucia y con una atmósfera enrarecida debido a la falta de fronteras y a la poca mezcla de sus comunidades se la había aplastado con furia visigoda. Diferentes ollas en diferentes fuegos y todas a punto de hervir.

El muelle de Santa Monica. Estampida nocturna.

El muelle de Santa Monica. Estampida nocturna.

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Para otras aventuras no se pierdan la primera parte en: Un idiota de viaje – Consideraciones viajeras y primera noche en L.A.

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