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Cajon de Sastre, Un Idiota de Viaje, viajes

Un idiota de viaje – Adiós a Los Angeles y una road movie

Un idiota de viaje…por César del Campo de Acuña

Adiós a Los Angeles y una road movie

Dos noches en Los Angeles. Dos calurosas noches en La-La Land. Una mañana, una ducha, un desayuno, empacar y salir rumbo a las colinas para dejar atrás una ciudad que me decepciono a manos llenas. Volvería, pero esa es una historia para una entrega venidera de Un idiota de viaje. Pero, antes de abandonar definitivamente el Ramada Los Angeles/Wilshire Center y el área metropolitana de Los Angeles déjenme que les cuente lo que vi aquella y nublada mañana en la “siempre soleada” California. Verán, uno de mis compañeros de viaje y yo volvimos a acercarnos al grimoso 7-Eleven que nos dio la bienvenida la primera noche y en el que compre los famosos bollos de refinería. En los escasos metros que separaban la puerta del hotel no nos pasó nada malo pero presencie como una ingente cantidad de abuelos y abuelas de origen coreano (algunos de ellos acompañados por sus nietos) se agolpaban en las puertas de la Iglesia Episcopal de San Jaime (St James Episcopal Church  para los amigos de Shakesperare). Me llamo la atención que, a pesar de su edad, de los andadores, de las gafas gruesas, de las miradas perdidas y de los pantalones muy por encima del ombligo no tenían mal aspecto. ¿Qué hacían allí? ¿Pedir? No lo sé… desde luego bolsas vacías y carritos de la compra algunos llevaban y cuando vi como un coreano joven dejaban a uno de estos vejetes en la esquina a toda celeridad (hay que ser muy hijo de la gran puta para meterle prisa a un anciano cargado con un andador que lucha para salir de la parte trasera de un coche) no pude sentir otra cosa que una mezcla de asco y pena por la escena y la situación. ¿Centro de mayores?, ¿mendicidad? No lo sé. Nunca lo sabré.

Sea como fuere, no tardamos en volver al hotel, hacer el check out y dar la espalda al edificio de estilo art deco Wilshire Professional Building (terminado en 1929) testigo mudo de la edad dorada de Los Angeles. ¿Y a donde nos dirigíamos esa mañana? ¿Rumbo a dónde? Pues aunque les parezca mentira volvimos al paseo de la fama para encontrar la cien veces maldita estrella de los Backstreet Boys (ya les tenía tirria antes, imagínense ahora). Pero hay que sacar provecho y gracias a esa parada pude ver el monumento The Four Ladies of Hollywood y un poster gigante de la edición especial de Battlefield Earth: A Saga of the Year 3000 de L. Ron Hubbard (el padre de la cienciologia) que, curiosamente, fue el libro de ciencia ficción número 1 en los Estados Unidos durante el verano de 2016. Tras esa parada encaminamos nuestras ruedas hacia los Estudios Warner. Durante los prolegómenos y preparativos del viaje se debatió mucho sobre que estudios visitar y finalmente nos decantamos por la oferta de los Warner. ¿Motivos? El tour duraba unas tres horas, te enseñaban unos estudios de cine y no un parque de atracciones y el precio no estaba mal. Puede que en otra visita en el futuro vea los otros (Universal, Paramount, Sony…). Estaba de buen humor. Iba a visitar unos estudios de cine reales. Pero, pero, pero…el destino se confabulo contra mi persona y no sé cómo conseguí hacerme un corte en uno de los abultados lunares que tengo en la espalda y que espero quitarme en algún momento dado.

Yakko,Wakko,Dot...¿Donde estáis?

Yakko,Wakko,Dot…¿Donde estáis?

Menudo estropicio. Cuando llegamos a los Estudios Warner parecía que me habían apuñalado en la espalda. Nos dimos cuenta justo cuando nos hacíamos la foto de rigor junto a las estatuas de Bugs Bunny y El Pato Lucas. Si note cierto dolor en la mitad de la espalda durante el trayecto en coche pero no le di importancia. El caso es que por diminuto que fuera el corte en la base del lunar la sangre convirtió la heridita en un escándalo parduzco en el polo que llevaba. Me salvo que el color del mismo disimulaba la mancha; si la prenda hubiera sido blanca otro gallo hubiera cantado. Una vez pasamos el control de seguridad para acceder a el punto en el que comenzaban los tours (por cierto, los guardias de seguridad de Warner Brothers de la entrada fueron muy amables y simpáticos. Sus placas con el logo del estudio llamaron mi atención) entre en uno de los servicios para lavarme como buenamente pude la herida, lo que me causo cierta incomodidad no solo por no alcanzar bien el punto exacto de la pequeña laceración, sino por la continua entrada y salida de turistas que de repente se encontraba a un mastuerzo retorciéndose intentado limpiar sangre de su espalda. El caso es que una vez limpie como pude el corte me pude reunir con mis compañeros de viaje y mientras esperábamos a que nos condujeran a donde comenzaría el tour (una pequeña sala de cine donde la lesbiana más famosa del planeta, la inaguantable Ellen DeGeneres, por medio de una película nos daría la bienvenida al mismo ofreciéndonos una introducción) pude bichear una sala llena de datos curiosos sobre los Estudios Warner y las películas producidas por ellos. El olor de la estancia lo cargaba un Starbucks con sus carísimos (y sobrevalorados) productos entre los que se encontraba un mocha macchiato (que no sé qué es) llamado Hellooo, Espresso! Dedicado (o presentado, como prefieran) a los fabulosos Animaniacs. ¿Les he dicho ya que no soporto los Starbucks?

Una vez vimos la peliculita de marras comenzó el tour. Escogimos la visita guiada en castellano. No recuerdo el nombre de nuestro Cicerone. Solo recuerdo que fue bastante amable. La excursión en si no está mal. Me hizo mucha ilusión ver la torre de agua de los Estudios Warner, sus colosales sound stages y los escenarios que tenían construidos para representar ciudades y pueblos. Visitamos el plató de rodaje de Madres forzosas (Fuller House) aunque no nos dejaron tomar fotos. A pocos metros del citado estudio de grabación estaban comenzado los ensayos de la que sería la décima temporada de The Big Bang Theory. A parte de lo obvio me llamo la atención ver como los arboles tenían todas sus ramas atadas con presillas ya que meses antes los había podado y necesitaban árboles frondosos para una nueva producción. Pasamos por los talleres de carpintería, por los almacenes de atrezo (sin lugar a dudas uno de los grandes momentos de la visita) y por la increíble exposición de los diferentes vehículos vistos en las películas de Batman (salvo el Batmovil del film de 1966).  La visita termino en una zona plagada de objetos vistos en películas, una recreación del famoso Central Perk, bocetos de dibujos animados y story boards, maquetas, trucos de cámara e incluso un sitio en el que hacer el monguer delante de un croma volando sobre una escoba de Harry Potter, pilotando el Batpod, o estrellándote en la capsula de Gravity. Huelga decir que si querías un recuerdo de tus nefastas dotes interpretativas había que pasar por caja y la broma no era barata. Afortunadamente, sostener un Oscar real y hacer el estúpido con el si era gratis (en ese momento aproveche para imitar a Jim Carrey en La Máscara). La visita terminaba en un cara tienda de regalos de la que solo me llamo la atención un libro con fotos históricas de la Warner. Si hubiera cubierto más años de la historia del estudio me habría hecho con el sin lugar a dudas.

Con todos ustedes: un hangar para aviones

Con todos ustedes: un hangar para aviones

¿Veredicto? Aceptable. Me gusto y creo que es un buen tour pero (¿Cuándo no hay un maldito pero?) una parte del mismo se hace un poco redundante. A pesar de todo lo recomiendo a cualquiera que pasé por Los Angeles en general y en particular a los seguidores de los productos Warner. Pero sigamos, sigamos…que nos queda toda una Road Movie por delante, ya que la siguiente para del viaje se encuentra a más de 500 kilómetros de distancia. ¿Y a donde vamos capitán? Pues a Carmel-by-the-sea, pueblecito costero del que Clint Eastwood fue alcalde (y en el que tiene residencia) y en el que vivió un tiempo. Aún era pronto como para comer asique salimos sin mirar atrás. El tráfico no dejo de acompañarnos en un viaje alejado de la costa que vio como el termómetro llegaba a superar los 40 grados de temperatura. De hecho, cuando hicimos la primera parada para el termómetro marcaba los 108 o 109 grados Fahrenheit (es decir entre los 42 y los 43 grados). Paramos para comer tras ver enormes e inhóspitas extensiones de terreno atravesadas por una carretera en línea recta en la que camiones gigantescos no tenían ningún miedo en adelantar a turismos o a otros camioneros. ¿Dónde porras estaban los policías esos escondidos detrás de matojos que salen en las películas? Cerca de Bakersfield desde luego no estaban.  Pero volviendo al tema de la inmensidad y la distancia solo puedo decirles que no te das cuenta en el gran país en el que estas (al menos en términos físicos. Lo de la moralidad lo juzgan ustedes) hasta que no circulas por sus carreteras y te alejas de las grandes ciudades. Calor, arena, montañas, árboles que proyectaban poca sombra y poblaciones pequeñas.

¿Y dónde paramos a comer? Pues en un Denny´s situado junto a una estación de servicio ya que necesitábamos repostar. ¿Y que son los Denny´s? pues una cadena de restaurantes norteamericanos (más de 2500 en todo el mundo) que abren las 24 horas del día, los 365 días del año. ¿Y qué demonios comí en Denny´s? pues aparte de tomarme el peor vaso de agua que me he tomado en mi vida (me juego mi colección de videojuegos a que el que les dio Mamá Fratelli a Los Goonies fue mejor) pedimos de entrantes unos Bacon Cheddar Tots que no estuvieron mal. Como plato principal yo opte por el Country-fried steak y debo decir que me gustó mucho. Regué la comida con una Coca-Cola vainilla (Vincent Vega y yo, historia de un corte de pelo) y termine de engolliparme con un delicioso Milk Shake de S´mores (vainilla, galletas saladas, malvaviscos y chocolate). Buen servicio (la camarera fue muy amable), buen sabor y precios razonables. Si viajan por carretera en los Estados Unidos y pueden optar entre Denny´s o un restaurante de comida rápida, escoja Denny´s. La anécdota de la parada llego a la hora de echar gasolina. Verán, acostumbrados a nuestros surtidores no sabíamos hacer funcionar los de allí. Me acerque a un motorista a preguntarle y el tipo nos explicó el procedimiento a seguir. Luego me pregunto qué de donde era y le respondí: “De Cádiz” y me dijo: “¿En serio? He estado tres meses viviendo en Jerez de la Frontera por motivos de mis negocios de importación/exportación de vino de Jerez”. El mundo es diminuto. Tras un fuerte apretón de manos nos despedimos y cada uno siguió su camino.

Pensamientos de Road movie...¿me dejaría dinero?

Pensamientos de Road movie…¿me dejaría dinero?

Pero la aventura de la gasolinera no termina ahí. ¿Quieren un consejo? Nunca utilicen un baño público en una estación de servicio estadounidense. No he visto nada más sucio (en términos de sanitarios) en mi vida y eso que he trabajado en discotecas. Asqueroso. Por si eso fuera poco el norteamericano medio no tiene problema alguno en vaciar sus intestinos en sitios con una falta de higiene alarmante, asique es normal que encuentre a uno o dos de ellos perfumándoles la estancia o poniéndole banda sonora a base de instrumentos de viento. La plaga que asolara a la humanidad nacerá en un baño de carretera en los EEUU. Bien, después de esta escatológica anécdota (constante y referencial a lo largo de todo el viaje), les invito a volver al coche. Teníamos dos opciones: seguir la más corta pero poco estimulante visualmente ruta marcada por nuestro estúpido GPS o desviarnos hacia la costa. A pesar de que la segunda opción implicaba meterle muchos más kilómetros al trayecto decidimos tirar por la costa. Sabía decisión, ya que una vez dejamos los secarrales montañosos empezamos a ver frondosos bosques, valles increíbles y el mar. Hicimos una pequeña parada desde un mirador. En ese mirador junto al mar pude ver cormoranes pescando. Adentrándome entre los arbusto para tener una vista más cercana pase cerca de algún nido, ya que una cría de algunas de las aves chillo al ver mi enorme pezuña pasar tan cerca de su confortable y seguro nido. Olor a sal y grandes vistas. Pero lo que quieren son las peculiaridades. Las cosas que nadie más cuenta. Bien allá van. Conduciendo hacia nuestro destino me llamaron la atención varias cosas. Una de las primeras fue a un tipo, cargado con una mochila más grande que él, viajando en dirección contraria sobre un monopatín (como Terence Hill en Dos Supersuperesbirros). La segunda, sin lugar a dudas ocurrió cuando, atravesando un valle dedicado a la viticultura (y no lo digo porque viera muchas parras, sino por la cantidad de sitios que te invitaban a entrar y degustar sus vinos), desde detrás de una colina salió un avión enorme volando a muy baja altura. No sé si se trataba de un avión de extinción de incendios o el mayor avión de fumigación que jamás he visto pero como surgió elevándose tras una colina es algo que no creo que olvide fácilmente. Otra cosa que se convirtió en un chiste recurrente durante todo el viaje fue la palabra Gorda y no, no se generó por que viéramos a una mujer con problemas de sobrepeso, sino porque atravesamos una población llamada así. Finalmente, con el sol puesto, y bien entrados en la montaña, enormes camiones de bomberos que parecían 4×4 hasta arriba de esteroides nos pasaron por al lado en dirección contraria. Más tarde averiguaríamos que se trataba de una dotación destinada a sofocar los incendios que azotaban la península de Monterey.

El viaje por carretera me permitió ver algunos de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida. Inaccesibles utilizando cualquier otro medio de transporte (bueno, tirando de pata también se pueden ver). Acantilados junto al mar y bosques impenetrables (¿con esa densidad quien rayos va a encontrar al pies grandes?). Sencillamente: Espectacular. La temperatura descendió, y mucho, a medida que nos acercábamos a Carmel-by-the-sea. Llegamos tarde y tras dar unas vueltas (y ver un coche con una pegatina llena de armas en la que ponía: “My family”) al no encontrar la entrada principal del hotel (terminamos justo detrás, pero con una cerca metálica que nos impedía el paso) finalmente llegamos al confortable Carmel River Inn. Pero este lugar con encanto nos tenía reservada una sorpresa. Cuando llegamos nuestra reserva no aparecía aunque estaba todo en orden. Arthur, el señor tras el mostrador de la pequeña recepción, hizo lo que pudo para solucionarlo. No pudo hacer nada salvo hablar por los codos (de las olimpiadas, de su preocupación a que esta problemática nos volviera a sacudir en otro destino, de la preciosidad de la península de Monterey…) y finalmente, tras mucha chachara, una llamada a San Francisco y algo de nervios por parte de nosotros, nos dio una confortable cabañita (mejor que la habitación que teníamos reservada) y asegurarnos que al día siguiente todo se solucionaría. También les dijo a mis amigos que el café que tenían en la habitación era estupendo, pero que el que recibían en recepción era aún mejor. Agradecidos, le preguntamos que donde podríamos cenar algo y nos dijo que a esas horas ya sería difícil, pero que siempre podríamos ir a Safeways, un supermercado que estaba cerca del hotel y que abría las 24 horas. Tras instalarnos, ponernos a buscar como locos un supuesto teléfono móvil perdido y tratar de hacer algunas llamadas a España para ver si podíamos solucionar el tema de la reserva fuimos a Safeways a comprar.

La estampa del  supermercado, por la quietud y por tenerlo para nosotros solos me recordó ligeramente a Zombi de George A. Romero. Una vez dentro solo nos topamos con dos clientes más (un matrimonio de entre los 55 y los 65 años de edad más o menos y muy buen aspecto). Recorrimos los pasillos en busca de cosas para cenar y desayunar. Yo, gran aficionado a las Oreo, alucine en colores con el pasillo de las galletas y por la increíble variedad vista en los demás. El primer mundo. Aunque me habría llevado de todo opte por comprar para desayunar un par de paquetes de Oreo (sabor Red Velvet y Cinnamon Bun), un zumo de manzana de la marca Simply y un Nesquick. Dr.Pepper, un preztel y un bollo de pan con queso gratinado por encima sirvieron de cena. A tope de carbohidratos, pague al cajero (un tipo que no parecía muy espabilado) mientras miraba unos carísimos peluches de los (o las…) Cazafantasmas. Volvimos, tuvimos un incidente con el microondas y una pechuga de pollo con aceite de coco, cenamos y apagamos los motores después de un día de carretera increíble. Tras el fiasco de Los Angeles comenzaba a reconciliarme con la Costa Oeste.

Silent Hill patrocina este hotel.

Silent Hill patrocina este hotel.


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Un idiota de viaje – Consideraciones viajeras y primera noche en L.A.

Un idiota de viaje – Los Angeles: Dos noches y un dia


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