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Cajon de Sastre, Un Idiota de Viaje, viajes

Un idiota de viaje – Jugando al golf con el Diablo

Un idiota de viaje…por César del Campo de Acuña

Jugando al golf con el diablo

Imagínense despertar al son de la Obertura de Guillermo Tell compuesta por Gioachino Rossini. Paz y armonía para un cuerpo descansado que recibe un nuevo amanecer junto a las montañas al ritmo de La mañana de Edvard Grieg (ven, en Un idiota de viaje no solo se ríen, sino que además aprenden). Que bucólico. Que hermosura. Que trompazo casi me pego al entrar al cuarto de baño a oscuras. Con mi tarjeta llave en la mano, aseado y deseoso de comenzar la jornada deje la habitación  en penumbra para disfrutar de la naturaleza. ¡Pureza! Como diría Perro muchacho. Paseé por las instalaciones alrededor del hotel respirando profundamente, fijándome en que porras hacia funcionar aquella estación de esquí en verano, en un tótem y en unas tallas de madera de unos simpáticos osetes. Tras grabar una nueva prueba de vida (en esta ocasión un audio comentario) me dirigí al interior de nuestro lujoso y montañés hotel para comer algo. No, no teníamos desayuno concertado y no, tampoco tenía intención de que me pegaran un palo económico tempanero, por lo que en una suerte de cafetería situada justo enfrente del gimnasio (donde uno de mis compañeros de viaje se estaba ejercitando en esos momentos) compre un zumo de manzana, un bol de cereales Cinnamon Toast Crunch Cereal (cualquiera que me conozca sabe lo mucho que me gusta la canela), una botellita de leche para remojar lo anterior y un imán de recuerdo.

Una vez me zampé todo aquello como un campeón (con la ilusión mental de empezar a controlar lo que iba a comer desde ese mismo instante) y recicle los envases en unas papeleras situadas en la puerta de entrada del hotel para tal efecto. En el trayecto hasta mi habitación me pare a hablar con uno de los empleados. Era de origen mexicano y estuvimos hablando de todo un poco; de nuestro viaje, de cómo estaban las cosas en México debido a la inseguridad, de cómo estaban las cosas en Europa gracias a los Islamonazis y a los progres gilipollas, de los motivos que le habían empujado a cruzar la frontera y establecerse lejos de una gran ciudad con su familia, de cómo se había forzado a acortar su nombre de César Alejandro a Alex por lo mucho que le costaba a los estadounidenses pronunciarlo…una buena charla sin duda. Un buen tipo al que espero, este donde este ahora mismo, le vaya bien. Una vez en mi dormitorio arregle mi maleta y espere dibujando a que mis amigos hicieran lo propio. ¿Teníamos prisa?, no lo cierto es que no, pero si queríamos visitar Mammoth Lakes antes de salir rumbo al Valle de la muerte, nuestra siguiente parada. Una vez hicimos el check out pude ver como la estación de esquí funcionaba en verano.

No había un punto donde mirara en el que no hubiera alguien realizando algún tipo de actividad. Escalada en un rocódromo, descenso en BMX, senderismo, paseos en bicicleta, lazada de terneros (bueno a unas balas de paja con una cabeza de ternero de plástico clavadas en ellas), alquiler de monopatines 4×4 para descensos, tres en raya, cornhole, lanzamiento de herradura,  excursiones… vamos, que lo tenían bien montado. Nosotros optamos por hacer senderismo ¿y dónde? Pues por Mammoth Mountain para ver Devil´s Postpile (el primer encuentro con el diablo ese día) y Rainbow Falls. Alex nos advirtió que no podríamos subir a la montaña con el coche por ser demasiado tarde y por el limitado acceso a la montaña de los mismos pero aun así lo intentamos. No hace falta que diga que no pudimos pasar aunque lo esté haciendo. Volvimos, compramos los tickets del autobús que nos llevaría hasta allí y alé en marcha, a circular por una carretera de montaña que me recordó a la de Despeñaperros en sus buenos malos tiempos pero todavía peor y en la que no cambian dos autobuses. A pesar del miedo que en general me da casi cualquier vehículo (me gusta el cine de terror y me dan miedo los coches y aviones…si ¿Qué pasa?) el trayecto no se me hizo especialmente largo y eso que le tuvimos que ceder el paso a un autobús que subía. Una vez nos apeamos en la parada que más cerca nos dejaba de Devil´s Postpile, nos recibió un cartel (bueno y una Ranger que estaba enseñando no sé qué a unos niños) en el que te explicaban que hacer si te topabas con un oso. No corras, haz un grupo con la gente que te acompañe para parecer más grande, levanta los brazos y si ves a unos oseznos ten cuidado porque igual su madre te despedaza (esto no se lo explicaron al de El renacido).

Ordena tus juguetes...que luego los piso.

Ordena tus juguetes…que luego los piso.

Embadurnados en crema protectora (sazonador para osos), nos pusimos a andar y en un dos por tres son seis llegamos hasta el monumento nacional de Devil´s Postpile. Singular formación de rocas enmarcada en un paraje increíble. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto de lo que el Diablo esculpió en Mammoth Mountain. Pero, si tengo mucho que decir al respecto de esas personas que deciden hacer senderismo llevando chanclas o sandalias. ¿Son ustedes imbéciles o que les pasa? Por muchos calcetines que se pongan ese no es el calzado apropiado para ir a pasear por la montaña (y esto lo dice el individuo que calzaba unas zapatillas cutres de Decathlon) y menos si pesan un quintal. ¿Es que no lo ve? ¿Es que pretende defraudar al seguro? Pero no, no fue solo esa señora, no. Claro que no. Ahí estaba, una yaya japonesa con su pantalón de tela, su visera y sus zapatos campo a través junto a su marido. Y a pesar de todo, menudo ritmo tenía la señora. Era el cuento de la liebre y la tortuga. A poco que la adelantáramos, como paráramos a hacer una foto al minuto la veíamos asomando la cabeza por el montículo más cercano. Pero claro esto no es un discurso de todo el mundo es tonto menos yo; si reparto hacia un lado también me sacudo a mí mismo y por eso les cuento lo siguiente. A lo largo del camino nos fuimos encontrando con una ingente cantidad de heces. Justo al lado de uno de esas pestilentes montañitas de materia fecal había unas huellas. Mi Félix Rodríguez de la Fuente interior llamo a mi cerebro y le dijo: “dile a la boca que diga en voz alta que esto es una bosta de oso” y eso hizo. Mi sonrojo fue mayúsculo cuando al rato nos topamos con un grupo de turistas/excursionistas a caballo y ya saben que los equinos son máquinas de defecar andantes. Y no, no me avergüenzo de haber metido la pata hasta la huevada, no. Así es la vida. No obstante en mi defensa debo decir que en todo el camino vi una sola marca de herradura y que al lado de la mierdaca que me había hecho aseverar en voz alta aquella estupidez había una huella similar a la de un perro grande. Pero sigamos adelante.

Y caminamos. Y vimos ardillas. Y nos cayó una chicharrera de órdago. Debido a un incendio, provocado presumiblemente por un rayo, la senda que nos llevaba hasta Rainbow Falls era un camino de tocones y arboles raquíticos a los que ponía música el discurrir del cercano rio. El lento proceso de la reforestación no arrojaba sombra alguna en el camino. Pero llegamos, con el pelo a mil grados, pero llegamos. Y allí estaban las cataratas. Y unos turistas portugueses o brasileños tirados sobre una roca junto a ellas. No miento cuando a los pocos minutos la abuela japonesa y su marido hicieron acto de presencia. La vuelta fue dura. Nos dirigíamos a otro punto para coger el autobús que nos devolviera al pie de la montaña y en esta ocasión era cuesta arriba. Les ahorrare el penoso relato hasta el punto de extracción (¿no les encanta utilizar jerga militar?) pero si les diré que pasamos al lado de las caballerizas de donde salieron los equinos cagones, atravesamos una zona de profundo silencio, vimos más ardillas y una buena colección de troncos podridos. Lo mejor estaba por llegar. Cuando divisamos el campamento base el bus que nos tenía que llevar abajo estaba allí aparcado. Apretamos el paso y le preguntamos al conductor que si nos podía esperar un segundo, que íbamos a comprar una botella de agua en la tienda y salíamos. Y nos dijo que sin ningún problema. Cuando salimos del ultramarino montañés ya no estaban ni las tuercas del cacharro para la suma indignación de uno de mis alegres compañeros. No nos quedaba más remedio que esperar a la sombra, alejados de los campistas allí congregados por motivos de espacio y comodidad, a la par que mis amigos se acordaban de la madre del conductor. Nos había troleado en la vida real. Al rato ¿Quién apareció? ¿Otro autobús? No, claro que no. La abuelilla japonesa y su marido hicieron acto de presencia y pocos minutos después otro bus.

Superando con A+ a la goteja.

Superando con A+ a la goteja.

La vuelta hasta la base de la montaña, donde teníamos aparcado el coche, se me hizo más larga. ¿Cansancio? ¿Insolación? Ambas podrían ser correctas. Sea como fuere, a los pocos minutos de llegar ya estábamos en marcha. Teníamos más de tres horas por delante hasta nuestro siguiente destino: El valle de la muerte. No hay mucho que contar con respecto a aquel viaje en carretera en particular más allá de ver el progresivo cambio de paisaje. Si pude ver a esos enormes unifamiliares sobre ruedas arrastrando todoterrenos y a una cabeza tractora tirando de otras dos montadas sobre su estribo (como una rodante torre de camiones en pendiente). Paramos a comer cuando el termómetro comenzaba a subir peligrosamente. La misma gasolinera en la que repostamos antes de llegar al caluroso valle mortífero era un Carl’s Jr (una cadena de comida rápida como McDonalds, Burger King o Wendy´s) por lo que decidimos probar. Como no todos compramos algo allí, nos sentamos en unos bancos de madera situados en un parque cercano. Mis amigos le daban la espalda a la carretera que cruzaba aquel pueblo mientras que yo no paraba de fotografiar con la mente. Cuervos como gatos aparte (teníamos una bandada al lado) me fije en una pareja al otro extremo de la carretera que estaba haciendo autostop. No tardaron en encontrar quien les llevara. Una enorme pick-up negra se detuvo unos metros más adelante y les invito a subir. Echaron a correr y se subieron rumbo a Dios sabe dónde. Mi enfermiza mente de aficionado al cine de terror más bestia empezó a imaginar escenarios terribles en las dos direcciones. Buen samaritano asesinado por pareja de autoestopista o un cartel de dos personas desaparecidas en un corcho atestado de anuncios similares en una comisaria desvencijada.

¿Pararían por un autoestopista? La ficción me ha enseñado que nunca es una buena idea por lo que probablemente no lo haría. No fueron pocos los autoestopistas que vimos (o vi) a lo largo del viaje. Casi siempre en pueblos pequeños como en el que habíamos parado a comer. Oh… ¿y qué tal Carl´s Jr? Bueno, solo puedo decir por las dos cosas que tome es que si han comido en Burger King han comido en Carl´s Jr. Volvimos al coche y el termómetro llego a superar los 40 grados al poco de continuar la marcha. Pleno y puro desierto. Pero no crean que el sol les fríe el cerebro a los lugareños. A sabiendas de que se trataba de la última gasolinera en kilómetros a la redonda, la que estaba en el interior del Valle de la muerte tenía los precios más caros que vimos durante todo el viaje (háganse la idea de que no solía costar la gasolina más de 2.50$ dólares el litro y la de aquel inhóspito lugar superaba los 4 dólares). Evidentemente, y como han podido leer llegamos al valle ¿y saben qué? Allí no había ni el tato para pedirnos nuestro pase de acceso a los Parques Nacionales. ¿Sería por el calor? (llegamos a superar los 48 grados), por vagancia o por el mero hecho de que no demasiadas personas paran por allí. Quién sabe. Solo en Yosemite tuvo utilidad. Hasta que llegamos al hotel nos fuimos cruzando con unos vehículos cubiertos con un material de color negro que nos llamaron bastante la atención. Cuando finalmente llegamos al peculiar, sencillo y terriblemente autentico Stovepipe Wells Village pudimos aparcar junto a uno de aquellos coches. Se trataba de un prototipo y un papel pegado en una de las ventanas advertía al que pusiera sus ojos sobre aquel vehículo que nada de fotografías o que se atuviera a las consecuencias legales de perpetrar tal acto de maldad en contra de la propiedad intelectual de una desvalida multinacional. Bromas aparte, una vez entramos en la recepción del Motel, pude leer que se estaba realizando una suerte de convención de aquella marca allí. Eso me dio que pensar: “una compañía refugiándose en uno de los puntos más áridos del planeta para guardar un secreto… ¡Complot mundial!…Pero claro, por pocas personas que por aquí pasamos su presencia destaca sobremanera… ¡Vamos a morir!…”

Niño vete al ultramarino y tráeme repelente de serpiente.

Niño vete al ultramarino y tráeme repelente de serpiente.

Aparcando mi neurosis, hicimos el check in y nos dirigimos a nuestra habitación Los aires acondicionados del resto de cuarto, así como el del nuestro, gritaban y traqueteaban. Casi 50 achicharrantes grados estaban aplastando ese lugar. No me gusta el calor y supongo que por eso no estaba de especial buen humor. Rezongando un poco me forcé a levantarme y a visitar los diferentes puntos de interés del parque que previamente habíamos marcado en una guía. Paramos en unas dunas de película (No sé porque porras se van a Marruecos cada vez que quiere rodar Tattoine en lugar de utilizar una localización tan maja como esa). Estuvimos en el punto más bajo sobre el nivel del mar de Estados Unidos (Bad Water, un inhóspito lugar azotado por los vientos del que brotaba agua sulfurosa) y recorrimos El campo de Golf del Diablo (aun me pregunto cómo nuestro coche salió de una pieza de aquel sitio). Paramos en la Paleta del artista (un sitio de enormes y coloreadas formaciones rocosas) y estuvimos a punto de entrar en Copper Canyon pero la noche se nos echó encima y allí no se veía un pimiento (como para ponerse a hacer senderismo). Esto que así contado pierde es un espectáculo natural de la pera limonera y si algún manguta les dice alguna vez que aquello es un secarral es que no tiene ni idea de lo que es un secarral. Me dio por pensar lo mal que lo tuvieron que pasar los primeros diablos que por allí cruzaran. Es un sitio brutal y despiadado donde hace calor todo el día (las rocas hacen que la temperatura no baje demasiado por la noche, a diferencia de lo que ocurre en el desierto) y donde literalmente no hay otra cosa que muerte. Con aires acondicionados y coches que bien se vive amigos.

Noche cerrada. Llegamos al hotel y nos dirigimos al Saloon (sin furcias y sin pianola) para cenar. Más allá de que unos turistas (hey…como nosotros) trataron de colarse en ese incomodo momento en el que te tienen esperando detrás de un atril a que te den mesa (yo estaba planchando centavos con una maquina) no tardaron demasiado en escoltarnos hasta donde reposaríamos nuestros traseros. No tenía demasiada hambre por lo que solo pedí un entrante para cenar y una Coca-Cola. Las bebidas eran Refill y si no recuerdo mal me pude beber tres generosos vasos de refresco hasta que llego la cena y no porque estuviera sediento por mi experiencia desértica de la tarde, sino porque el servicio fue lento a rabiar. Una vez cenamos, salimos de allí para ser abofeteados por el calor nocturno, el cual invito a uno de mis acompañantes a bañarse en la piscina del Motel (que estaba abierta hasta la media noche, la hora de los coyotes). Mientras se cambiaba de ropa, me quede en recepción gonorreando Wifi y en una de estas entra un turista alemán y le pregunta al tipo de detrás del mostrador (un afroamericano que no parecía muy despierto): “¿los escorpiones de aquí son peligrosos? No – contesto el muchacho – Los escorpiones de esta zona solo son peligrosos si eres alérgico a las picaduras de insectos como abejas o avispas ¿Por qué? – Preguntó en esta ocasión el empleado del hotel – Porque me acaba de picar un escorpión en mi habitación respondió el teutón. ¿Les ha pasado alguna vez algo así? Estar en un hotel con escorpiones en los cuartos hace que tu masculinidad aumente varios puntos y que la barba te crezca más rápido (aunque por si acaso mire por todas partes una vez volvimos a nuestros aposentos y no me encontré con ninguno de estos bichejos). A pesar de mi mal café de la tarde, aquel sitio me gusto y mucho. A pesar de que disfrute de San Francisco como un gorrino en un barrizal, los Parques Naturales ganaban por goleada en aquel momento a las ciudades. ¿Forzaría el empate Las Vegas? ¿Lograría hacerme cambiar de parecer la ciudad del pecado? …chan, chan, chan…próxima aventura en su casa.

sunset-death-valley-cincodays

Se pone el sol en un lugar en el que solo hay muerte (que dramático)


Otras descacharrantes historias en:

Un idiota de viaje – Consideraciones viajeras y primera noche en L.A.

Un idiota de viaje – Los Angeles: Dos noches y un dia.

Un idiota de viaje – Adiós a Los Angeles y una road movie.

Un idiota de viaje – Sal de mi pueblo If you’re going to San Francisco.

Un idiota de viaje – Un hippie se subió a un tranvía en San Francisco mientras un recluso le estaba mordiendo la pierna. 

Un idiota de viaje – Con el ciruelo al aire por las calles de Frisco.

Un idiota de viaje – Going up the country.


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Comentarios

9 comentarios en “Un idiota de viaje – Jugando al golf con el Diablo

  1. Que fotos! Preciosas👏🏻👏🏻👏🏻

    Le gusta a 1 persona

    Publicado por Lucia | septiembre 29, 2016, 1:09 pm

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