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Cajon de Sastre, Un Idiota de Viaje, viajes

Un idiota de viaje – Sobrevolando ganancias en Las Vegas

Un idiota de viaje…por César del Campo de Acuña

Sobrevolando ganancias en Las Vegas

Como ya saben duermo poco. Muy poco. Y aunque el día anterior anduviera de aquí para allá, de arriba abajo y entre dimensiones paralelas al buen gusto mi reloj interno decidió volver a sacarme pronto de la cama. Sin grandes planes para la mañana de mi segundo día completo en la ciudad del pecado más allá de visitar el famoso cartel que da la bienvenida a Las Vegas, salí a dar un paseo por el Strip para ver cómo era aquello sin las aglomeraciones habituales. Una vez pise acera pude ver a operarios del servicio de limpieza barriendo, aspirando y retirando los famosos cromos de señoritas de compañía que la mayor parte de los turistas dejaban caer al suelo una vez se los daban esas bandas de repartidores apostados en las esquinas. Cruce a la acera del Venetian. Mientras paseaba pensé en que la ciudad durante el día tiene cierto encanto en su fealdad, pero de buena mañana y con el cielo encapotado parecía un lugar profundamente triste. Miren, no soporto a Joaquin Sabina y sus letras llenas de metáforas para mentecatos, pero la avenida donde están los casinos a esas horas era el bulevar de los sueños rotos de su canción. Y entonces, fue cuando me fije en una pareja y en su chiquillo. Estaban sentados en la terraza de uno de esos malditos Starbucks (¿pensaban que me había olvidado de ellos?). El niño, que guardaba cierto parecido con Steven de Steven Universe, jugueteaba en las barandillas cual simio mientras que sus progenitores miraban al infinito sin dirigirse la palabra. Recuerdo que me llamó la atención sus profundas y coloreadas ojeras. ¿Una noche sin dormir a causa de su retoño o una mala racha de colosales dimensiones en el casino? Quien sabe, aunque percibí cierta preocupación en sus agotados rostros. Con aquello en mi cabeza seguí avanzando, mi objetivo era atravesar El Flamingo y volver a mi hotel.

Con la familia aun en mente me cruce con una chica afroamericana. Era menuda, no especialmente guapa pero de buena figura y generosísimo busto. Llevaba puesto un vestido de tubo color verde musgo con la espalda abierta y chanclas blancas en sustitución de los tacones que asomaban por la cremallera de su bolso. Pelo rizado, mucho maquillaje y amplios pendientes en forma de aro decoraban su cabeza de ojos entrecerrados mientras la boca no paraba de parlotear por el móvil. “Hey baby” en tono meloso y arrastrando la última letra de las palabras salieron de sus labios cuando pase por su lado sin importar quien estuviera al otro lado del teléfono. Una sonrisa y un amable good morning fueron mi respuesta. No sería justo por mi parte afirmar que se trataba de una de las muchas prostitutas que pude ver la noche anterior en la esquina del Harrah´s Casino, pero si tiene bigotes de gato, cola de gato y maúlla como un gato… ¡diablos, debe ser un gato! Y no, no es una valoración de mi ego pero, hacía muchos años que no se me insinuaba una meretriz. Evidentemente no es que me sintiera especial por ello ni nada que se le parezca pero convertí aquel encuentro fortuito de escasos segundo en una observación relativa a la ingente cantidad de primaveras que habían pasado desde la última vez que ocurrió algo parecido. Al mismo paso y con mis tiempos de portero en mente llegue al Flamingo. Me recibió un fuerte olor a ambientador, alguna mujer de la limpieza que otra, unas cuantas camareras y otros tantos jugadores acodados en las mesas o recostados en los sillones frente a las tragaperras. Aproveche para comprobar mi correo, enviar pruebas de vida y visitar la web de mi amigo vikingo mientras atravesaba el casino.

Una vez salí a la calle volví a la acera en la que estaba situado mi hotel. A pesar de la distancia de cuatro o seis carriles aun podía divisar a la familia del Starbucks. El niño jugaba, los padres seguían imitando a las figuras del museo de cera de Madame Tussaud. Empecé a notar un incremento sustancial de viandantes por el Strip y aunque no tenía que esquivar a personas para avanzar lo interprete como un signo inequívoco de que Las Vegas se estaba empezando a quitar las legañas tras dos horas de sueño. Y entonces hice mi primera parada turística del día. Pegado al Bellagio, a la zona del espectáculo del Volcán, estaba el monumento dedicado a Siegfried & Roy. ¿No saben quiénes son? Si, seguro que sí. Seguro que en algún sitio, ya sea una película o serie, han visto a unos ilusionistas/magos vestidos de blanco, bañados en lentejuelas, portando cardados imposibles y acompañados de un tigre blanco. Pues eso señores son Siegfried & Roy, dos de los más respetados y bien pagados artistas de la historia de la ciudad del pecado en particular y de la farándula estadounidense en general. De vuelta al hotel y a mi habitación, espere a que mis compañeros de viaje terminaran de ponerse en marcha dibujando. Una vez en el coche tomamos dirección sur para visitar el letrero de Welcome to Fabulous Las Vegas. No tardamos en llegar. Aparcamos y empezamos a notar como la temperatura subía y las nubes se dispersaban. No crean que estábamos los primeros de la Nochebuena, no. Una pequeña e improvisada cola de turistas se agolpaba frente al cartel mientras que un simpático vivo puesto por su cuenta y riesgo hacia fotos a los visitantes. Comente en voz alta que el tipo debía dormir allí mismo para defender la plaza ya que, aunque no ponía en ningún sitio que hubiera que pagarle casi todo el mundo le sacudía la mano con un par de dólares en la palma. Calculen, calculen…imaginen que en un buen día pasan 500 personas y que de esas 500 más de la mitad te dan un par de verdes. Sin lugar a dudas el tío más listo de Las Vegas.

En cuanto les dieron un zarpazo de verdad se les quitaron las ganas de actuar.

En cuanto les dieron un zarpazo de verdad se les quitaron las ganas de actuar.

Tras la foto de rigor nos dirigimos al Salón de la Fama del Pinball. Ahora me gustaría contarles que llegamos sin problemas, que jugué a recreativas de los años 40 y que alucine en colores pero no. No lo encontramos. No teníamos la dirección exacta del lugar y por lo tanto, nuestro estúpido GPS no podía dirigirnos a ella. Un mortificador “no tenemos tiempo para buscar” me aguo la mañana y convirtió mi buen humor en una pesadilla para un relaciones públicas. La falta de tiempo venia determinada, porque esa tarde teníamos la excursión en helicóptero que habíamos contratado desde España. Sobrevolaríamos el Cañón del colorado, pero yo en ese momento, en nuestro Hyundai Elantra, estaba sobrevolando el nido del cuco. Dirección norte, fuimos hacia un outlet próximo al coloreado barrio cercano a la estación de autobuses donde dejamos a uno de mis compañeros de viaje. De ahí, los dos que quedamos dentro del coche debíamos ir hacia el Museo de la Mafia, pero no me gusta ver las cosas con prisa por lo que decidí, al ser el máximo interesado, en no pasar por allí. En su lugar paramos en otro punto estúpido que había marcado en mis planes: la casa de empeños de El Precio de la Historia (Pawn Stars). Una vez allí la decepción fue mayúscula. No sé de qué manera esta filmado el programa de televisión para hacer parecer a ese local tan grande pero desde luego no lo es. Evidentemente, tampoco estaba allí ninguno de los protagonistas del show y ese ambiente bullicioso y luminoso que podemos ver en las transiciones entre transacciones se había esfumado. Tampoco vi nada que me pudiera permitir o gustara por lo que no compre nada en la casa de los Harrison.

Volvimos al Outlet. Sin la capacidad de llamar por teléfono nos dedicamos a parar en diferentes sitios en busca del tercer miembro de nuestra comitiva. Cabe destacar que pasamos por dos tiendas reseñables. La primera fue una en la que un loco de las equipaciones deportivas se podría haber hecho con la camiseta de su jugador preferido. Bueno, cualquier loco menos yo, porque pregunte por la camiseta de Bill Laimbeer clásica de los Detroit Pistons y me miraron con cara de no saber de quién porras les estaba hablando. La siguiente tienda  de la que les quiero hablar es Hot Topic o la tienda de intrascendencias para los que se suben al carro porque han oído que en ese carro se está muy bien. No creo en la militancia y menos al respecto de la cultura popular, pero desde que está “de moda” ser un nerd no hay lugar por el que pase en el que no me encuentre con uno o dos tipos que digan de viva voz: “es que soy muy friki” mientras señalan su camiseta de Thor, Iron Man, Dead Pool…y similares. ¿Y saben dónde las compran? Pues en sitios como Hot Topic y luego a reír y soñar, que la vida son dos días y uno estamos de prestado. No han leído un comic en su vida, ni piensan hacerlo, pero ya son tan friki que se siente obligados a compartirlo contigo y detesto cuando alguien se presenta como algo antes que como alguien. Dejando a un lado mis fobias y filias particulares, solo puedo contar que seguimos deambulando por el outlet al aire libre, pasando por debajo de esa suerte de aspersores diseñados para enfriar el ambiente y viendo a turistas pasar cargado de bolsas pensando que han hecho la compra de sus vidas. Finalmente encontramos a nuestro objetivo en la tienda de la marca Skechers la cual, y no entiendo muy bien porque, siempre confundo con Geox. ¿Qué más contar salvo el síndrome de la bola de pinball? , pues poco o nada más. Ligeramente cargados volvimos al hotel para hacer lo propio con nuestros teléfonos y estómagos.

Menudo TIMO.

Menudo TIMO.

Verán, mi paladar no es muy sofisticado. Evidentemente hay cosas que me gustan más y menos, pero fundamentalmente como para sobrevivir. Eso sí, si hay algo que me apasionan son las barbacoas y desde que puse el pie en Estados Unidos contaba los días en el que pudiera degustar una al estilo norteamericano. Y ese día llego. ¿Y dónde comimos? Pues en un restaurante situado en nuestro propio hotel llamado Gilley’s. El sitio, un Saloon/Bar Country que por las noches siempre estaba muy animado con música en directo y huéspedes haciendo el burro en el toro mecánico o haciéndose fotos con sus camareras vestidas con poco más que unas chaparreras, bikini, botas tejanas y sombrero, ofertaba buena cocina sureña y vive Dios que comprobaría si era verdad. Desafortunadamente, lo primero que pudimos comprobar es que las camareras del turno de medio día no eran como las que anunciaban los carteles y no, no me importaba en absoluto, pero este hubiera sido un caso más de publicidad engañosa del que se habría hecho cargo sin dudarlo Lionel Hutz. Nos atendió primero un tipo inmenso que nos escolto a nuestra mesa y luego una mujer más cercana a los 50 que a los 40 con un par de contundentes razones en su haber. Pedí un plato con tres carnes a seleccionar. Opte por cerdo deshilachado, medio pollo asado y medio costillar de cerdo. El cerdo me pareció muy sabroso, el pollo pasable y el costillar estaba extraordinariamente seco. No pude con este último y con mi ración de macarrones con queso. Demasiada comida y demasiada bebida. En general no estuvo mal y aunque no me pareció sobresaliente si ganó un aprobado. Al poco y transportado por una fuerza invisible me volví a ver en un Starbucks.

Una vez más en la dichosa cafetería de marras y amarras me puse a observar. Al menos, en esta ocasión no se trataba de Hipster Ville: Ciudad de la barba. No, esta unidad de Starbucks que vendía sus cafés y presencia en el Strip con un video que comenzaba con el generoso escote de una camarera sirviendo leche con la sutileza, delicadeza y buen gusto de un bisonte con tutú, estaba poblada por una colección de turistas de entre los cuales me llamo especialmente la atención una familia compuesta por tres individuos. Papa, canoso, alto y con ese saludable aspecto de los mafiosos de mediana edad aparecidos en el Equipo A acompañado de mamá y su fotocopia esquelética 20 años más joven. El asunto es que parecía que habían traído a su hija a Las Vegas a celebrar su mayoría de edad y aunque no llevaba una banda que conmemorara tan importante suceso para la humanidad (como si fue el caso de otras con las que me encontraría esa misma noche…), todo parecía indicar que estaban allí por ese motivo. Me los imagino en su casa; “Hija mía – dijo el padre – este año has cumplido la mayoría de edad y como te queremos mucho, tu madre y yo hemos decidido acompañarte en todos los rituales estúpidos y socialmente aceptados adscritos a tan crucial momento de tu vida. Nadie en la familia quiere que acabes encerrada en tu cuarto escuchando a Alanis Morissette mientras lees manifiestos feministas, por lo que te acompañaremos a Las Vegas donde podrás beber, cabalgar, jugar y hacer todas esas cosas que hacen de la adultez algo medianamente soportable”…la estampa familiar que yo mismo cree en ese momento termina con Mamá e hija dando palmas. Mi imaginación y yo. De todos modos, siempre que me aburro suelo escoger a alguien cercano a donde este parado y me empiezo a inventar una historia sobre su pasado, presente y futuro. En Nueva York lo hice en dos ocasiones y cuando relate las desventuras de Hector en el Bronx hispano y las de Kevin el pizzero en su diminuto apartamento se convirtieron en dos  de las tonterías más celebradas del viaje.

Fuera de Starbucks, fuimos a Siren´s Cove, el sitio de nuestro hotel en el que nos recogerían los de la excursión en helicóptero. Cuando llegamos ya estaba esperándonos la furgoneta plateada con el logo del tour. Subimos, nos pusimos cómodos y empezamos a parar en diferentes hoteles en los que se fueron subiendo otros tantos turistas. Corramos un velo hasta llegar al sitio desde el que despegaríamos el cual estaba lo suficientemente alejado como para que me durmiera. En mi defensa debo decir que la poca luz que entraba por las ventanas debido a los vinilos que cubrían por completo la furgoneta ayudaba sustancialmente a que el pasajero convirtiera su sopor en profundo sueño en cuestión de minutos. Sea como fuere, llegamos y una vez allí en una oficina/taller/tienda de recuerdos nos atendieron, nos hicieron pesarnos para disgusto de algunas féminas y esperar. Una vez estuvo todo correcto y el numero justo de pasajeros estaba disponibles fuimos hacia el helicóptero que nos llevaría a dar uno de los paseos de nuestra vida. El piloto era un tipo simpático y dicharachero al que nadie, salvo quizás yo mismo, hizo demasiado caso durante el viaje. En el asiento delantero y por este orden estábamos dispuestos el piloto, mi amiga y yo. Detrás un señor de origen cubano bastante orondo, sus dos enclenques vástagos más interesados en encestar (y no en una canasta precisamente) que en otra cosa y el marido de mi amiga. Despegamos. Escogimos de manera deliberada formar parte del último tour del día por las increíbles luces y tonalidades que podríamos apreciar desde el helicóptero a esa hora. Y ahí estaba, un tipo con un terrible miedo a los aviones sobrevolando el Cañón del colorado en un helicóptero para siete personas. El viaje fue agradable, lleno de anécdotas y curiosidades de la zona contadas por el piloto. Ya les he dicho que la mayor parte de ellas cayeron en saco roto pero yo intente atender a todas ellas y gesticular sobre las mismas  ya que estaba demasiado petrificado por el miedo para agarrar el micrófono de la radio y comunicarme con él interviniendo de algún modo en aquello que nos explicaba.

El gran protagonista del día.

El gran protagonista del día.

El vuelo tiene una parada. Me sentí mareado. El piloto me comento a que se debía a que el cerebro no está acostumbrado a moverse en tres dimensiones espaciales y me recomendó que mirara al horizonte para que no me volviera a pasar. Le hice caso en el trayecto de vuelta. Les podría contar que las vistas eran increíbles, que los colores rojizos del caños destacaban con las luces del atardecer y todas esas cosas que pueden leer en un millón de crónicas de viajes pero prefiero contarles que estábamos sobrevolando una de las zonas más inhóspitas de Estados Unidos, llena de cactus, sin agua y poblada por escorpiones, lagartos venenosos y hasta cuatro especies diferentes de serpiente de cascabel. Una vez llegamos, nos despedimos del piloto, volvimos a la sala donde nos pesaron, nos dieron un refresco y esperamos a que nos llevaran de nuevo a la ciudad. Condujo un tipo parecido a Stone Cold Steve Austin bastante majo. Los tipos de origen cubano con los que habíamos compartido habitáculo aéreo se pasaron todo el trayecto de vuelta a Las Vegas hablando de chicas, de discotecas/clubs y de historias salidas de las insondables profundidades de ese ente conocido popularmente como “La noche”. El viaje de vuelta se hizo extremadamente pesado. Cuando no consigo ver nada que estimule mis sentidos parece que el tiempo se congela a mí alrededor. Esta peculiaridad se vuelve especialmente desagradable cuando viajo en tren. No tardaron demasiado en saludarnos las titilantes luces de la ciudad del pecado. Nos bajamos de la furgoneta en El Venetian ya que no teníamos intención de ir directamente al hotel, queríamos ver el espectáculo del volcán del Bellagio e ir a jugar y queríamos ir a jugar al casino que mejor se había portado con nosotros: El Flamingo.

Más allá de las consolas y el ordenador no me pregunten por juegos. De hecho, no se jugar a ningún juego de cartas pero uno de mis compañeros de viaje si, asique ni cortos ni perezosos decidimos jugar al Black Jack. Del Venetian, al Bellagio y una vez visto el espectáculo al Flamingo nos volvimos a topar con la misma ralea que la noche anterior incluido, como no, el tipo al que podías patear la entrepierna por 20 dólares. Eso sí, destacare que nos topamos con una bamboleante mujer afroamericana de desmesurada humanidad colocándose para disfrute y uso de cualquier viandante sus dos armas de destrucción masivas del castillo de proa. Paramos a cenar en un sitio llamado Jimmy Buffett’s Margaritaville situado en el propio Flamingo. Yo, para disgusto de mis compañeros de viaje y del rollizo camarero que nos atendió no cene. El restaurante estaba decorado con elementos que recordaban a la costa de Florida; había mesas barco, un hidroavión colgado del techo y un escenario que parecía una cabaña playera con sus pelicanos de cartón piedra y todo. Sobre el escenario, una banda de country trataba de animar al público aunque nadie les hacía caso. Fue triste, porque el cantante estaba tratando de hacer todo lo posible para que los parroquianos se animaran pero todo el mundo estaba a sus conversaciones a pesar del altísimo volumen de la música. El que si se dio cuenta, a raíz de la cara de circunstancia que mantuvo el rato que allí estuve, del desastre fue el bajista, un rockabilly levemente parecido a Agustín Jiménez vestido con una camisa de mangas cortas de bolera. Es muy desagradable ver a un artista sobre un escenario tratando de levantar al público sin lograrlo. Tanto fue así que llegue a sentirme mal cuando nos levantamos para marcharnos del restaurante a mitad de una canción. Pero antes de irnos a la mesa de juego, déjenme que les hable del cowboy de medianoche que estaba disfrutando el concierto. En la segunda o tercera canción, apareció un tío con sombrero vaquero, botas chúpame la punta, tejanos y una camisa sin mangas. Turquesas  adornando su cinturón, sin corbatín, pero con ganas de pasárselo bien, se puso a bailar con sus dos acompañantes por turnos. A todo esto, hablando de bailar, una chica trato de enseñar a un individuo de claro origen hispano a bailar aquello, pero el tipejo estaba más interesado en meterla mano en la raja del culo. Evidentemente la chica se dio cuenta y al segundo o tercer intento de invadir su pequeño cañón mando a paseo al imbécil con sorprendente mano izquierda.

Una vez en el casino, gracias a nuestro poco mundo nos dirigimos a la zona de cobro a cambiar nuestro dinero. Allí nos indicaron que se hacía en las mesas. Buscamos una de Black Jack en la que no hubiera nadie. Hicimos una cama de 30 dólares y tras unas manos terminamos llegando a los 90 dólares a pesar de mis habituales temores a los que me gusta llamar exceso de prudencia. Con 20 dólares de beneficio ya estaba más que satisfecho. La vuelta al hotel transcurrió sin incidentes. Invertimos parte de nuestras ganancias en una tienda abierta las 24 horas. Compramos víveres para el día siguiente de cara al desayuno y al día de excursión que haríamos por el Cañón del Colorado. Añado que entre los víveres que adquirí con mis ganancias se encontraba una enorme bolsa de mi marca de regalices rojos preferida: Twizzlers. Poniendo punto y final a nuestro último día en Las Vegas nos topamos con dos motoristas que demuestran que el tema de la customización de motos de corte Harley Davidson no es exclusivas de blancos bigotones amigos de los tatuajes como Paul Teutul, sino que los afroamericanos también pueden poner su particular y ostentosa visión a este tipo de máquinas. Atronando con su música y cegando con sus luces hacían que todas las caras del Strip se giraran. Las Vegas, ciudad de excesos que no me volvió loco pero a la que volvería por el enorme debe que contraje con ella en tres días…

Las mismas luces que en los carricoches de la feria.

Las mismas luces que en los carricoches de la feria.


Otras animadas aventuras en:

Un idiota de viaje – Consideraciones viajeras y primera noche en L.A.

Un idiota de viaje – Los Angeles: Dos noches y un dia.

Un idiota de viaje – Adiós a Los Angeles y una road movie.

Un idiota de viaje – Sal de mi pueblo If you’re going to San Francisco.

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Un idiota de viaje – Going up the country.

Un idiota de viaje – Jugando al golf con el diablo.

Un idiota de viaje – Bienvenidos al fabuloso vertedero de Norteamérica.

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