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Cajon de Sastre, Un Idiota de Viaje, viajes

Un idiota de viaje – Reconciliacion con L.A.

Un idiota de viaje…por César del Campo de Acuña

Reconciliación con L.A.

La noche que precedió al que sería nuestro último día completo en Estados Unidos fue un infierno. En los últimos días había conocido el calor del Valle de la Muerte, de Monument Valley, de Grand Canyon West, de Las Vegas y de Los Ángeles pero ninguno se pudo comparar al que sentí y sufrí la madrugada del 21 al 22 de agosto de 2016 al 22 en la habitación de aquel motel situado en Kingman. ¿Han experimentado alguna vez la sensación de sentir como poco a poco, por la noche empiezan a sudar profusamente y por mucha ropa que se quiten no sienten ningún tipo de alivio? ¿Les ha despertado alguna vez el calor? ¿Han notado el pelo pegajoso y húmedo en la nuca por transpirar cual cerdo en día de matanza? ¿Se han sentido como atrapados dentro de un horno? ¿Les ha faltado alguna vez el aire por culpa de las altas temperaturas?… ¿si, verdad? Pues esa noche, mis compañeros de viaje y yo las vivimos todas una detrás de otra y a la vez. Tanto fue así, que sin poder soportar aquello más, me levante, me duche y me fui a la calle para enfriarme. Y ocurrió exactamente eso porque en la calle no es que hiciera frio, pero unos 10 grados menos que dentro de aquella sauna sí que hacían. Aproveche para pasear, para fijarme en que en mi Motel, como ya había visto en decenas de películas, había gente que vivía en él y para ver en marcha a los autobuses escolares con sus pequeños y malhumorados reos en su interior ya que se trataba del primer día de colegio en el estado de Arizona.

Al igual que en Flagstaff teníamos desayuno incluido. Me dirigí a la recepción y de ahí pase al comedor. Me puse un cuenco de cereales, un poco de zumo y leche. Desayune viendo las noticias. Estados Unidos había arrasado en las Olimpiadas de Rio 2016, el escandalo Ryan Lochte empezaba a enfriarse, Trump y Clinton copaban la atención nacional y en Arizona los padres celebraban el regreso de sus retoños al colegio mandando fotos a las redes sociales de los informativos en las que se les veía saltando de alegría. Hice todo el tiempo que pude tras desayunar. Mandar alguna que otra prueba de vida, dibujar, leer distraídamente algún panfleto…lo que habitualmente haces cuando sabes que te tienes que ir pero no tienes a donde. Pasada una media hora larga desde que termine el desayuno volví a la habitación para comprobar en qué estado se encontraban mis amigos. Estaban vivos. Quejosos por el tormentoso calor que sufrieron durante la noche, pero vivos a fin de cuentas. No tardamos en empaquetar, cargar el coche, hacer el check out y volver a la carretera. Teníamos más de 500 kilómetros de distancia entre Kingman y la ciudad de Los Ángeles por lo que, si queríamos aprovechar el día debíamos salir pronto de aquel punto de la Histórica Ruta 66. Y una vez más nos vimos sobre el asfalto, con Las uvas de la ira terminada, música y conversaciones triviales sin resonancia.

Amanece...que no es poco.

Amanece…que no es poco.

Les ahorrare esas horas de coche. Esas horas muertas e intrascendentes sin sobresaltos. Solo me detendré en los kilométricos trenes de mercancías. Los habíamos oído durante la noche, pero durante un buen trecho del trayecto nos acompañaron a cierta distancia. Una ristra de contenedores apilados unos encima de otros o sin apilar, recorrían la pradera arrastrados por varias cabezas tractoras. Me puse a contar, en más de una ocasión, las latas que conformaban aquel gigantesco convoy pero se perdían en el horizonte que dejábamos atrás. Kilómetros de mercancías recorriendo el país sin prisa pero sin pausa en el medio de transporte que escribió la historia de los Estados Unidos. Pasadas las horas sencillas del último gran viaje por carretera, comenzamos a notar un significativo aumento en la densidad del tráfico. Nos acercábamos a la ciudad de Los Ángeles y esta nos recibía con sus arterias de cinco carriles atestadas de coches, autobuses y camiones. Me sentía atrapado. Del mismo modo que no me gustan los aviones, tampoco me gustan los coches y verme rodeado por ellos me hacía sentir cierto grado de claustrofobia. Afortunadamente teníamos la dirección exacta del lugar en el que nos hospedaríamos la última noche por lo que nuestro estúpido GPS y la pericia del sufrido conductor de esta aventura nos llevaron más pronto que tarde al Hotel Solaire, donde me volví a topar con los contrastes que tanto me abrumaron en mis primeros días en L.A.

El hotel tenía muy buen aspecto, pero los edificios, casas y calles que le rodeaban estaban sucias y descuidadas. En la recepción nos atendió una señora de mediana edad regordeta, con gafas para ver de cerca y el pelo recogido en un moño. Nos dijo que, debido a lo pronto que habíamos llegado nuestra habitación no estaba lista. No recuerdo que hora era exactamente, pero si recuerdo que nos llamó la atención a todos. No queríamos malgastar una hora en el hall del hotel esperando poder entrar en nuestra habitación por lo que decidimos marcharnos. Mientras mis compañeros de viaje se ausentaban unos minutos converse con la recepcionista. Me conto que venia del Salvador, que si vives en Los Ángeles vives para trabajar y que un tío suyo fue caricaturista en un periódico de su país. Antes de aquella charla insustancial pero entretenida, con mis amigos aun delante nos preguntó de dónde éramos. De España – respondimos – y ella, como si nos estuviera revelando un gran secreto contesto: Mi apellido es español. Iglesias se apellidaba. Con cierta sorpresa, el trio de viajeros nos miramos. Aquella mujer, por amable que fuera, no tenía ni la más remota idea de historia. Cuando le contamos que los españoles colonizamos buena parte de sur, centro y norte américa, nos miró como si le estuviéramos hablando en chino. Entre nuestro amigo con cero conocimientos de geografía de Flagstaff y esta señora procedente del Salvador con nulos conocimientos históricos cumplimos nuestro cupo de indocumentados de este viaje. Aún me maravilla, a la par que me aturde, que no supiera que los españoles nos enseñoreamos de todo aquello hace unos cuantos siglos. Las misiones, los nombres, el idioma…nada.

Una vez mis amigos volvieron al mostrador de recepción me despedí cortésmente de aquella mujer deseándole una buena vida. Gozábamos de tres cuartas partes del día para visitar algunos de los lugares que no pudimos ver en nuestros días previos en La-La Land. La primera parada fue el cartel de Beverly Hills. Antes de llegar pasamos junto al hotel Ramada donde pasamos nuestras primeras noches en suelo norteamericano y volvimos a conducir al lado del Paseo de la Fama de Hollywood. Llegamos sin demasiados problemas para toparnos con unos carteles sin demasiada historia. No me entiendan mal, estuvo bien pasar por allí, pero si están en Los Ángeles por motivos turísticos se lo pueden ahorrar. Son solo los carteles que anuncian la entrada a una zona residencial conocida en prácticamente todo el mundo. Que quieren que les diga a mí la famosa serie de Beverly Hill 90210 nunca me ha importado lo más mínimo. Oh, qué mala memoria… antes de posar en ese “pintoresco” lugar y por cabezonería personal, condujimos hasta un centro comercial en el que había una librería Barnes & Noble. Verán, durante los preparativos previos a nuestra partida elabore una lista de caprichos personales para adquirir en el país de las barras y estrellas. Videojuegos, juguetes y sobre todo, un par de libros en los que estoy profundamente interesado. A estas alturas no hace falta retrasar contarles que no pude encontrar nada de lo que había marcado pero en aquel momento, en Los Ángeles, estaba dispuesto a quemar mi último cartucho al menos, en lo que respectaba a los dichosos libros. Era mi turno. Evidentemente, como ya les he comentado, no tenían los libros. No me quedara más remedio que importarlos. Aun así, el viaje hasta el citado centro comercial no fue en vano. Era uno de esos que simulan ser una pequeña ciudad, ya saben… al aire libre. Resulto un paseo agradable, entre fuentes, tiendas carísimas y un tranvía que daba un paseo ridículamente corto por su plaza. No era la mundialmente famosa Rodeo Drive pero ahí le andaba.

caro a la izquierda, imposible a la derecha, inalcanzable de frente..

caro a la izquierda, imposible a la derecha, inalcanzable de frente..

Se acercaba la hora de comer y uno de los sitios que nos dejamos por ver en el único día completo que estuvimos en L.A. fue Muscle Beach. El plan inicial, el que habíamos marcado para el día del Paseo de la Fama, era llegar a Muscle Beach e ir andando por su paseo marítimo hasta el muelle de Santa Mónica. Está a 45 minutos caminando. Como ya saben no nos dio tiempo. Si vimos el muelle por la noche, pero no Muscle Beach. Asique para allá que nos fuimos. Tras aparcar y dejar un poco alucinado al responsable del parking al preguntarle donde estaba Muscle Beach (detrás del aparcamiento ¡Zopencos! Gritaron sus ojos) llegamos a la playa de los músculos hogar de los tíos más raros de Norteamérica. Ya les he hablado del zoo de Las Vegas pero el de esa playa de Los Ángeles no es que no tuviera nada que envidiar a los viandantes de la ciudad del pecado, sino que en algunos casos les superaban. La primera persona que me llamo la atención fue una joven afroamericana con la cabeza totalmente rapada, descalza y con la cara pintada como una calavera mexicana del Día de los Muertos. Bien, el siguiente en la lista es el diablo culturista, un señor cuya tez solo podría ser descrita como “color Hulk Hogan” ataviado únicamente con un speedo rojo lucía una cornamenta hecha con su pelo mientras se ejercitaba con un bidón de agua como los que han visto en las máquinas dispensadoras de oficina lleno de arena. De cuando en cuando, retaba a algún turista a que imitara sus ejercicios dando lugar a cómicos resultados. Entrando en la rama de los saltimbanquis callejeros y pedigüeños con oficio encontramos al individuo que por 1$ te contaba un chiste, al que tocaba un piano de cola sobre ruedas en plena calle y por supuesto a un grupo de acróbatas que montaban un show bastante animado, espectacular y divertido nada más entrar en la playa.

Había muchos otros, como un grimoso hombre zombie con más roña encima que el palo de un gallinero. Pero no, no estaba disfrazado, simplemente tenía frito el cerebro. Eso sí, mirar es gratis, pero si querías hacer una foto a estos señores, filmar lo que hacían (había muchos pintores, escultores y dibujantes desperdigados por todo el paseo marítimo) tenías que dejar propinilla. Hasta para hacer una fotografía a un tiburón antropomórfico fabricado con fibra de vidrio situado en la puerta de una tienda de surf tenías que dejar un dinerillo. Y no crean que las rarezas se encontraban solo en los moradores de las arenas. Desde tiendas inmensas llenas de camisetas cutres, estudios de tatuajes que parecían haber tatuado todo el edificio en el que estaban hasta chiringuitos donde te podías comer un Twinkie frito. Estaba reconciliándome con Los Ángeles. Aquello me estaba gustando mucho. No solo estaba en el sitio donde se filmó una de mis películas preferidas de mi adolescencia (Los blancos no la saben meter, para más señas) sino que además estaba pegado a la playa en la que Arnold Schwarzenegger entrenaba al aire libre a finales de los 60 y principios de los 70. Me encontraba extrañamente a gusto. Por su puesto no dejamos pasar la oportunidad de ver el Ocena Pacifico a plena luz del día, el skate park, el famoso gimnasio al aire libre donde mucha gente estaba entrenando a pesar del calor) y por supuesto las cancha donde, por cierto, no aprecie un gran nivel lo que me llevo a imaginarme a mí mismo jugando allí cada tarde en el caso de que viviera cerca. No me gustaba nada la ciudad de Los Ángeles pero no sé porque me veía establecido en Muscle Beach con sus edificios llenos de murales y sus peculiares habitantes.

Los blancos no la saben meter...y tu tampoco.

Los blancos no la saben meter…y tu tampoco.

Comimos en un restaurante llamado Danny´s Venice Beach. Muy agradable, bajo unos soportales en uno de los edificios situados en la salida peatonal principal de la playa. Pedí el venice street dog, un perrito caliente sensacional. De beber un Dr. Pepper y de poste su “mundialmente famoso” sundae de chocolate caliente. Todo muy bueno y el servicio, de atento, llegaba incluso a agobiar. Nuestra camarera a poco que viera que la bebida bajaba aparecía y preguntaba que si queríamos más. Durante toda la comida, una y otra vez. Everything good guys? Y así todo el tiempo. ¡Señora! Denos algo de espacio. Aun así le agradecimos en la obligatoria propina su atención. Pasamos el resto de la tarde paseando. Mientras caminaba gravaba videos lo que hizo que durante unos momentos le perdiera la pista a mis compañeros de viaje. No me fui sin recuerdos de las playas de Venice. Compre en un puesto unas figuras hechas con hama beads de Mario y Lugi, y en otro les compre unos juguetes a mis perros en una tienda en la que me pase un buen rato hablando con la dependienta, una señora mayor de origen italiano. Y ya que hablamos de perros, me pare a acariciar al perrito de una chica y estuvimos hablando un rato. Hay quien dice que “conectamos”. Yo no lo tengo tan claro, pero es legendaria mi capacidad para no captar señales. Cuando volvía de pasear a su perrete nos volvimos a saludar. En esos momentos el sol comenzaba a ponerse y decidimos marcharnos de Venice y cuando lo hicimos me fije en el modelito de medias + liguero + zapatillas de felpa rosas que llevaba una chica que también se marchaba y en unos españoles que parecían haberse escapado de la basuraza esa de Jersey Shore ligando con unas. Pero oigan, no crean que nos marchábamos al hotel, antes pararíamos en un Baskin Robbins cercano. Mis amigos tomaron un helado cada uno. Yo no tome nada. No tenía hambre. Si me llamo la atención unas tartas en forma de pizza que espero ver en algún momento por aquí. La dependienta, una señora de origen hispano bastante mayor, nos comentó que también tenían unos donuts rellenos de helado. Estados Unidos es el país del cevatil.

A pocos metros de la heladería vi una tienda de videojuegos antiguos. Me gustaría haber parado. Llegamos al hotel no demasiado tiempo después. Coincidimos en recepción con dos parejas de turistas españoles que acaban de llegar a Estados Unidos esa misma noche. Mientras nosotros estábamos a punto de marcharnos otros llegaban. Ya no quedaba nada para volver. El día siguiente lo pasaría en aeropuertos y aviones. Con una Coca-Cola en la mano, tras empaquetar todas mis pertenencias en mi maleta verde me puse a pensar que los 8 años sin vacaciones, los 5 años ahorrando y los miles de kilómetros recorridos en poco más de 14 días habían merecido la pena con creces.

Hasta pronto...

Hasta pronto…


Buena parte de la aventura:

Un idiota de viaje – Consideraciones viajeras y primera noche en L.A.

Un idiota de viaje – Los Angeles: Dos noches y un dia.

Un idiota de viaje – Adiós a Los Angeles y una road movie.

Un idiota de viaje – Sal de mi pueblo If you’re going to San Francisco.

Un idiota de viaje – Un hippie se subió a un tranvía en San Francisco mientras un recluso le estaba mordiendo la pierna. 

Un idiota de viaje – Con el ciruelo al aire por las calles de Frisco.

Un idiota de viaje – Going up the country.

Un idiota de viaje – Jugando al golf con el diablo.

Un idiota de viaje – Bienvenidos al fabuloso vertedero de Norteamérica.

Un idiota de viaje – Un flamenco, una boda y un streaptease.

Un idiota de viaje – Sobrevolando ganancias en Las Vegas.

Un idiota de viaje – Carretera y manta.

Un idiota de viaje  – Bienvenido a mi valle peregrino.


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